Crónica de un viaje a Tikal, la inspiración prehispánica

Caminamos bajo el cielo estrellado por las antiguas calzadas y entre los templos y pirámides de Tikal. Nos detenemos en un espacio abierto, el centro de la gran plaza, situados en un punto entre el templo del Jaguar y el de las Máscaras. Apenas podemos ver en la oscuridad. Estamos solos. Tito aplaude reiteradamente y el rebote del eco trae dos sonidos: el de las palmas y el silbido cálido y aflautado de un pájaro.
Es el Quetzal, nos dice, el ave sagrada de los Mayas. Continuamos nuestro camino hacia el templo más alto para contemplar desde allí el amanecer. Es el templo de la Serpiente Bicéfala. Ascendemos por su lateral derecho y buscamos una ubicación. Sentados en los escalones de su cresta esperamos que llegue el sol, que moje con su luz las copas de los árboles de la vasta extensión de la selva bajo nuestras miradas atónitas y emocionadas. Intentamos el silencio. Bajo una bóveda negra salpicada de astros, esa balacera de pequeñas motas de brillo que nos regalan las constelaciones y que seguramente supieron observar los antiguos moradores de Tikal, vemos elevarse una bruma luminosa.
Tonos amarillos y naranjas y otros que este pobre daltónico no se atreve a definir, se funden en una cortina que se eleva, flota y avanza desde el firmamento. Los monos aulladores también comienzan su concierto de ronquidos que crece en intensidad, dotando de espectacularidad a una imagen estéreo que se ensancha de forma inverosímil.
También hay pequeños goteos sonoros que provienen de las cámaras y los teléfonos celulares, recordándonos que estamos en el año 2017 pero que se integran armoniosamente, casi tímidos, al portentoso y al mismo tiempo frágil amanecer. El sol se anuncia.
El sol destapa sus penachos y su aura magnánima y avanza corriendo a palazos a la niebla y a las sombras. Se descubren las formas y sus nombres. Asoman los numerosos monumentos y se restauran una vez más los colores y tonalidades de las presencias, de los seres que reemprenden las actividades y rutinas de un nuevo día. Alejandro Aguerre, uruguayo.

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