El arte mexicano y en especial el Michoacano (10 julio 1952) Alejo Carpentier

El máximo exponente de la literatura cubana del siglo XX vino a Michoacán en 1944, pasó por Pátzcuaro y otras poblaciones, posiblemente incluyendo Uruapan.

He aquí su opinión sobre el arte tarasco, tan admirado en una exposición parisiense./SRCh.

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“Me perdonan que me refiera a la Magna Exposición del Arte Mexicano, que actualmente se admira en París, con el tomo de quien acabara de visitarla. Pero el hecho es que la he visitado muchas veces, en el transcurso de mi vida, puesto que todas las piezas que constituyeron su orgullo me son de largo tiempo conocidas y hasta he poseído reproducciones directas de algunas de ellas. Creo haber sido el primero en hacer publicar por revistas francesas, páginas enteras del Códice Mendocino y del Códice Matritense –expuestos ahora en conjunto-, y muchas veces, en el espléndido Museo Colonial del Palacio de Chapultepec, me he detenido, asombrado, ante el personaje montado en un caballo “caligrafiado”, en blanco sobre negro, sin que el pintor mexicano levantara el pincel de la tela, con una audacia que se anticipó, en más de dos siglos, a ciertos juegos plásticos de los surrealistas. Así, pues, creo comprender la importancia que pudo tener, para los públicos de Europa, casi prodigiosa revelación del gran pasado americano…Revelación es la palabra exacta. Porque de súbito, cuatro siglos de una magnífica pintura colonial, que arranca en paisajes románticos de Acolman, y alcanza los admirables paisajes de mediados del siglo XIX, pasándose por piezas tan logradas como el admirable retrato de Sor Juana Inés de la Cruz, hizo ver a la gente del Viejo Mundo que, en lo que corrió desde el Descubrimiento, América tuvo una auténtica tradición plástica, en la que se produjo una afinación inmediata del acento propio. Pero, detrás de ello –mucho más arriba, llegándose al siglo XV antes de Cristo- estaban los Códices mestizados, con su sorprendente poder de mezclar la arquitectura con figuras de hombres y de animales; el barroquismo azteca, que corresponde a la poesía de Netzahualcoyotl; más atrás, los olmecas, con su estatuaria prodigiosa; y, paralelamente, más allá, más acá, en una ronda de siglos dotados de cultural maduras que consideramos con asombro, los Mayas de Palenque y los de Bonampak, con sus frescos de una factura única en la Historia del Arte; la gente refinadísima de Monte Albán -griegos de América- y la gente tarasca, con su arte menudo y fino, que siempre conserva una gracia coreográfica, aun en las pequeñas figuras, jícaras, bateas; piezas de barro vendidas todavía por centavos en los pueblos del área cultural de Pátzcuaro.

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(¿Cómo olvidar aquel sentencioso pescador de Erongarícuaro -una de las islas del lago- que me preguntó, un día del año 1944, “si era cierto que había guerra en Europa”?).

Esa exposición la visitaron, atónicos ante tanta grandeza, tanta fuerza, tanta originalidad, los más famosos artistas, escritores, críticos, de Francia. No se habla de otra cosa en la prensa parisiense. Fue motivo de general asombro, maravilla de la temporada. Varios pintores célebres, entre los cuales estaban Joan Miró, Lemarchand, Henry de Waroquier, y otros que representan, sin embargo, tendencias diversas, proclamaron: “El arte antiguo mexicano es tan hermoso como el de Egipto”.

 

De: Letra y Solfa. Selección de artículos. Visión de América, Tomo 1. Alejo Carpentier. Ediciones Nemont, Buenos Aires, Argentina, 1976.

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