LA CONQUISTA DE MICHOACAN

Hernán Cortés, el conquistador de México, era un hombre astuto y audaz que al frente de un puñado de españoles conquistó grandes territorios.
Es cierto que lo favoreció la superioridad militar de sus soldados; pero sus triunfos se debieron a que supo aprovechar las rivalidades entre los indígenas, valiéndose de unos para someter a otros. Dueño de la gran Tenochtitlán y teniendo preso al emperador Cuauhtémoc, emprendió la conquista por todos los rumbos del país.
A Michoacán envió como explorador a un soldado español, de apellido Villadiego, que jamás regresó. Cuenta la leyenda que, hecho prisionero, este soldado tuvo amores con la princesa Atzimba, hermana de Caltzontzin, quien los castigó bajándolos al fondo de un barranco, donde murieron los dos enamorados. Un soldado Parrillas, proveedor del ejército español, informó a Cortés haber llegado hasta la frontera oriental de Michoacán, en busca de víveres, mostrándole como prueba a dos indígenas que habían aceptado acompañarlo.
El Conquistador, sabiendo que los tarascos eran belicosos y altivos, encargó a Francisco Montaño la jefatura de una expedición comercial para explorar el reino. Francisco Montaño y tres soldados españoles llegaron hasta Tzintzuntzan, donde Caltzontzin ordenó ataviarlos como dioses y rendirles homenajes.
Los españoles cambiaron espejos y cuentas de vidrio por joyas de oro y plata, obsequiando a Tzintzicha un perro y diez puercos, que al rey le parecieron grandes ratones. Cuando los soldados regresaron a México el monarca les dio dos mujeres, llamándolos tarascue, que quiere decir yernos, nombre que después los españoles aplicaron a los indígenas de Michoacán.
Hernán Cortés, entusiasmado por los informes del viaje de Montaño, ordenó a Cristóbal de Olid, uno de sus mejores capitanes, que marchara a la conquista de Michoacán, con 200 españoles y 5,000 aliados mexicanos y tlaxcaltecas. Nunuma, el jefe del ejército tarasco, les presentó combate en Taximaroa, donde los españoles entraron a sangre y fuego, destruyendo la población. Nanuma huyó a Tzintzuntzan y Cuinierángari, el otro capitán, fue hecho prisionero por Cristóbal de Olid, quien lo mandó a pedir su rendición al rey tarasco.
La derrota del ejército aumentó el pánico y la división entre los tarascos. Caltzontzin, desoyendo los consejos del anciano Timas, huyó a Uruapan en compañía de su familia y sirvientes más cercanos. La Capital quedó a las órdenes de Nanuma y Cuinierángari, que no opusieron resistencia a la entrada de los españoles. Timas, partidario de la defensa del reino, al saber la huída del rey, convocó a sus escasos contingentes, mandó tocar los caracoles de guerra y se fortificó en lo alto del templo de la diosa Xaratanga. Cristóbal de Olid, más que un combate, hizo una escaramuza de guerra para atemorizar a los indígenas; ordenó a los españoles diaparar sus fusiles y cañones, mientras los aliados mexicanos y tlaxcaltecas nublaban el cielo con millares de flechas. Derrotado, Timas huyó con su gente a Pátzcuaro.
El capitán español envió a México a Cuinierángari para llevar a Cortés el oro y la plata recogidos en el saqueo de Tzintzuntzan. El jefe tarasco volvió con instrucciones de Cortés para entrevistar a Caltzontzin y pedirle su regreso al trono. El monarca se dejó convencer y tornó a la capital, saliendo a recibirlo Cristóbal de Olid a un punto llamado el Humilladero, en señal de conquista. Timas y sus partidarios se defendieron por algún tiempo en el barrio fuerte de Pátzcuaro; pero Cristóbal de Olid ordenó sitiarlos con tropas de españoles e indígenas.
Cuenta una leyenda que Eréndira, hija de Timas, rompió el cerco montada en un caballo blanco que había sido tomado a los españoles, y su padre huyó a Capácuaro, donde fue aprehendido y muerto a garrotazos. Cristóbal de Olid mandó a México al Caltzontzin y a sus capitanes para demostrar su vasallaje a Cortés, quien lo recibió y colmó de atenciones, no sin mostrarles los escombros a que había quedado reducida la gran Tenochtitlán y el estado lastimoso en que se encontraba el emperador Cuauhtémoc, cuyas pieles habían sido quemadas por negarse a entregar el tesoro de los aztecas. Tomado de:“Monografías de Michoacán”, Jesús Alvarez Constantino. 2da Edición, Julio de 1992.

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